«Un premio es una trampa y un trampolín»

En 2013 a Orlando Arocha se le antojó que el Macbeth de Shakespeare no era un caballero escocés sino un militar venezolano embriagado por su esposa y por las promesas de rectoras electorales. Una lectura particular y necesaria donde el director escénico defiende el discurso que ha mantenido por años: hablar de una aldea es hablar de todas, sin importar que sea esta en Escocia o en Venezuela, porque la esencia del teatro no apela a la localidad sino a la humanidad.

Esta defensa le ha valido ser reconocido por la Fundación Rajatabla con el premio Marco Antonio Ettedgui de honor, que recogerá el 8 de marzo en la 18° edición de estos galardones.

-¿Qué significa para usted el nombre de Marco Antonio Ettedgui?

-Es un nombre un tanto porque su auge artístico tuvo lugar cuando yo apenas regresaba después de vivir en Francia. Él representa a la juventud enfrentándose al discurso teatral, intentando buscar una voz propia en un momento donde había un verdadero auge del movimiento performista. Y cuando Rajatabla decide dar este reconocimiento lo hace un poco para apoyar la búsqueda del discurso personal, la idea de reconocer quién eres tú y cuál es tu voz.

-¿Usted consolidó la suya?

-Yo creo que las voces no se consolidan nunca. Deben buscarse y construirse constantemente, incluso huyendo de ellas mismas.

-¿Cree que el legado de Ettedgui permanece vigente?

-No creo que su figura sea un legado sino una inspiración, cosa que me parece más interesante. Primero, porque murió muy joven, y segundo porque su trabajo, al estar ligado al performance, se desvanecía casi al momento de su creación.

-¿Cuál es su opinión sobre la relevancia de los premios que otorga el teatro en Venezuela?

-Mi posición al respecto es bastante dicotómica. Agradezco sinceramente a Rajatabla por haberme otorgado este reconocimiento a pesar de no pertenecer a la agrupación, si bien mis relaciones con el grupo siempre han sido excelentes. Así como pienso que esta clase de premios ayudan a fortalecer la carrera de talento joven, también opino que en la actualidad su importancia es relativa, ya que existen premios cuyos criterios no son lo suficientemente claros. Un premio es trampa y trampolín al mismo tiempo, y por ello me despiertan una desconfianza generalizada.

-La Caja de Fósforos organiza el Festival de teatro contemporáneo estadounidense y el Festival de dramaturgia europea. ¿Qué ocurre con los autores venezolanos?

-El año pasado tuvimos una línea de trabajo llamada El patio trasero donde llevamos a escena textos de Ricardo Nortier, Ana Melo y Diana Volpe. Tenemos un proyecto llamado El Club House donde revisamos proyectos de dramaturgos. Este proyecto ha lanzado a dramaturgos jóvenes como Fernando Azpúrua, o piezas de gran éxito como La crema y nata de Elvis Chaveinte y Hay que matarlos a todos de Haydée Faverola. En la caja no nos preocupamos sólo por ser un espacio de presentación sino también de discusión, donde el dramaturgo pueda escuchar su propia obra y discutirla con gente del medio.

Es imposible no hacer teatro venezolano en La Caja de Fósforos, estamos muy comprometidos con el país.

-¿Dónde siente usted que se concentra la dramaturgia venezolana en este momento?

-Ocurre que la dramaturgia es, ante todo, un diálogo con uno mismo y posteriormente con la sociedad. En este momento pienso que urge una dramaturgia más comprometida con el país y su circunstancia. Algo que rescatamos de los festivales de teatro americano y europeo es la manera en la que los dramaturgos hacen un contacto muy fuerte, muy crítico con su sociedad. No evaden a su sociedad aunque hablen del tema que hablen. Profundizan en el conflicto y en las causas del mismo.

-Como formador, ¿qué es lo que más le llama la atención de la generación de relevo?

-Hay todavía mucha capacidad en Venezuela para hacer cosas, pero faltan espacios. En ese sentido poco es el apoyo que puede darle La caja de fósforos a los creadores jóvenes, porque tenemos un espacio mínimo donde se presentan alrededor de 10 obras al año y eso demanda una carga de trabajo muy demandante.

Mi mayor preocupación es que ese cúmulo de creatividad se vaya del país o simplemente se diluya ante la ausencia de lugares para presentarse.

-¿Hasta qué punto puede la precariedad actual afectar la calidad de un espectáculo?

-Por más dificultades económicas que existan, el hecho teatral es bastante limpio. Peter Brook lo sintetiza en «un actor y un espacio vacío». Si un creador es capaz de construir un proceso creativo, interesante, original y poético, la calidad puede ser excelente. Claro, al no haber un espacio donde proponer esto habría que crear uno y ese es el gran reto. El teatro venezolano tiene un problema mucho mayor, que es el reinventarse.

-¿Qué valoración hace de la cartelera ofrecida por centros culturales como Trasnocho o BOD?

-Son teatros que tienen una necesidad económica. Tienen problemas que nosotros no tenemos y por ende ofrecen una cartelera enfocada hacia lo rentable, aunque a veces impulsan proyectos que se escapan de esa clasificación. Sin embargo, cuando haces teatro en medio de una hiperinflación como la nuestra la sobreviviencia se vuelve un deber.

Un teatro cerrado es peor que un teatro dedicado sólo a éxitos de taquilla.

-¿Y Microteatro?

– Es un lugar donde muchos actores van a resolver un problema financiero haciendo lo que les gusta hacer y ese es el único lugar donde pueden conseguirlo.

No critico a Microteatro sino al país donde Microteatro es la única opción para mucha gente.

Y eso es lo que me parece triste: que los jóvenes sólo tengan esa opción para mostrar su trabajo, en medio de condiciones de infraestructura totalmente adversas y una acústica terrible, donde el espectador es intervenido constantemente por el ruido de las funciones aledañas.

– ¿Cómo ha logrado solventar estos problemas en La caja de fósforos?

-Para empezar, La caja es más un concepto que una infraestructura. Es un teatro que no tiene la comodidad acostumbrada, pero en condiciones artísticas óptimas: hemos sido muy cuidadosos en que el ruido exterior no se cuele, que sea un lugar agradable para estar y que cada proyecto tenga su marca artística. Cuando llegamos a este lugar, bajo las condiciones mínimas, nos dimos cuenta de que podíamos seguir trabajando y mejorarlas. Hasta ahora llevamos 5 años. Esperemos que puedan ser más.

Artículo original publicado en El Universal
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