La insoportable levedad del ego

Anteriormente, el teatro era un lugar sagrado que creaba una relación íntima, profunda, un contacto directo, único y efímero con el espectador. Había un misterio en la creación que le daba un valor de ritual, podíamos decir que tenía un poder mágico, que curaba las heridas del espíritu, transformaba la soledad y la injusticia en obras de arte… Y para esto se estudiaba, se formaba, se entrenaba, se investigaba, porque no era fácil descubrir el verdadero propósito del teatro y la forma cómo expresarlo.

Ahora veo cada vez con más convicción que las redes sociales lograron quitarnos esta especie de lugar sagrado y amenazan con destruir nuestro momento íntimo, esta relación actor-espectador, una vez que nos abrieron las puertas a esta especie de burdel virtual, de pornografía de la imagen, creando en nosotros la sensación de que el teatro si no está en las redes, no existe.

¿Hay una forma más digna para promocionar nuestro arte que no sea llenar los teléfonos de los espectadores de basura?

Si no está hecho para exhibirse en “mira lo que hago”, “mírame aquí, ensayandito”, “vea que chéveres mis cuadritos”, “no te pierdas mi Ofelia explotada”, “ando full ensayando mil vainas”, “mira cómo voy a toda velocidad por la carretera mientras grabo este videíto cantando Despacito, que es el tema para una versión divertida que haremos de Hamlet”, “ando full y me la paso chévere aquí quitándome los pelitos de la nariz en “mi propio camerino””, “esta es mi mejor fotico”, yo, yo, yo, yo, yo “aquí sentadito en la poceta antes de entrar a la escena y llorar mi lagrimita”, “Mi sueño es tener muchos, muchos “me gusta””…

¿Hay una forma más digna para promocionar nuestro arte que no sea llenar los teléfonos de los espectadores de basura? Hay que repensarlo, porque es terrible que no nos demos cuenta y hemos caído en la trampa, muchas veces tratando de seguir los “buenos consejos” de los que manejan las redes, que nos dicen “hazlo así, que llegarás allá”. ¿Allá dónde? Al infierno, será: donde se vende el alma al diablo por unos pocos seguidores… y para mostrar lo peor del actor, su EGO alimentado por la superficialidad mediática: Exhibiciones y más exhibiciones baratas en busca de la gloria impuesta, del éxito artificial de la redes sociales en una especie la prostitución del arte.

Antes se decía el “quehacer teatral”, creo que ahora tendríamos que decir #ElQuéMostrarTeatral.

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